AGRADECIMIENTOS


Llegados a este punto, no sé si por imposición del destino o bien por los puntos que he ido trazando en la vida para que el destino se pueda llamar destino, me veo ante la ardua tarea de formalizar de manera física el pensamiento, cifra de los procesos vitales y sentimentales, aunque eso sí, siendo plenamente consciente de que el lenguaje al pasar por su tamiz la realidad, la descrea en cierta manera para reinterpretarla a la luz de su lógica. Así que a todas las personas que aquí cito –y seguro que alguna se me ha quedado en el olvido-, por unas u otras causas, sólo les puedo y les debo decir gracias. Esto lo enuncio sabiendo que las palabras son casi siempre insuficientes para expresar la grandeza de los sentimientos:

            A Mercedes Molina por mostrarme los primeros atisbos de la grandeza de un mundo infinito, a María del Carmen Navarro por mostrarme que el presente no tiene ningún fundamento sin el pasado y que detrás del presente puede seguir habiendo presente, a mi hermana por imprimirle a los días ese marbete de ironía, a Higinio Gómez por la otra visión de la vida que me legó y por tantas otras cosas, a Jose Manuel Romero por su apoyo y sus conversaciones más allá de las conversaciones, a Natalio Avendaño por sus consejos, por sus críticas y por ilustrarme los caminos de mi ser, a Esther Gil, entre otras muchas cosas, por  demostrarme que palabras como amistad tienen praxis en superlativo, a Eladio Céspedes por aguantar insufribles conversaciones y estar siempre ahí observando la realidad desde su prudencia, a Jose Lucas por hablar, actuar y aconsejarme desde la sensatez,  a Manuel Lozano por sacarme de los caminos de la rutina en un mundo al que fui arrojado, a Pilar Victoria por iluminar los días grises y melancólicos de aquel allí con sus contagiosas ganas de vivir, a Julia Martín por concederles a los días un positivismo no filosófico, a Guillermo Mora por el recuerdo de un tiempo que nunca se olvidará, a Nuria García por demostrarme que lo poético todavía puede existir fuera de la poesía, a Lucía Delgado, además de los maravillosos apuntes de árabe y lingüística que me pasó, por imprimirle al compañerismo y a la amistad una nueva semántica, a Mario Carrero por una larga serie de hechos y hazañas que han propiciado que nuestras batallas, con sus derrotas y sus triunfos, sean plena ósmosis, a María Moreno, además de todos los materiales y el apoyo donados, por la lucha a mandíbula batiente que configuró en los momentos álgidos de las vidas de los hombre no ilustres y de los hijos de un dios menor, a Beatriz Fernández, además de dotar de luz a las fechas señaladas en la intrahistoria de las personas y de mi persona, por su hospitalidad, amistad y visión optimista en un mundo imperfecto, a Juan Manuel Sánchez, el hijo del Surrealismo y el mago de la soledad, por darme una alteridad con la que dialogar, a Ángel Piqueras por sus labores filológicas y por vestir aquellos días de nostalgia hispanoamericana con su inconfundible risa mientras escuchábamos “la Tríada” de Cano, a Francisco Javier Llamazares, el Magnánimo, porque le tocó desempeñar el rol del hermano que la vida no me había dado y todo lo que ello conlleva, a Basilio Pujante, el hombre de nombre regio, por todo su apoyo, por el idealismo que se respira en sus proyectos literario de alma altruista, por los momentos en que me brindó conocer otro Murcia y por todo lo que habría de venir después, a Mari Cruz Gallego por iluminar la otredad de uno de mis mejores amigos y por su buen trato, a Leticia Jiménez por las inesperadas llamadas, por las críticas lúcidas y por su tanta sinceridad, a los hermanos García García por otorgarle a aquellos veranos ese toque de humor tan peculiar, a Rosa Quirós por todo su apoyo y por todo el tiempo dedicado, a Ángela García por las ilustraciones que dieron vida a Realidad de la realidad, a D. Francisco Navarro por el doble voto de confianza que depositó en mí y en mi labor, a Pedro Luengo por el millar de conversaciones y por el centenar de quebraderos de cabeza con el trajín de los papeles, a Antonio Carrilero por aguantarme todo un año y por todo lo que hizo en el después, a Vicente Cervera por su incondicional apoyo y por la panóptica infinita que me abrió en un mundo infinito por naturaleza, a Jose Maria Pozuelo por ser ejemplo de Filología y por el deleite intelectual de sus clases, a Eloy Sánchez  por su sencillez, por su transparencia y por llevarme de manera inmediata a los pasos que yo habría de dar posteriormente, a Fernando García por brindarme la oportunidad de que mis pensamientos viesen la luz de manera física y oficial, a Encar que me enseñó el camino de la luz y me mostró los nuevos caminos por los que había de circular mi vida, a Jesús Navarro y a Lázaro Navarro por la otredad de los sábados en la mismidad, a Ángel Munera porque me permitió que las primeras torpes palabras viesen la luz en aquel periódico escolar, a Ángel Tornero por sacarme tantas veces de la metódica rutina a la que suelo condenarme, a Agustín Gómez por su sinceridad y por declararse públicamente mi fan número uno, a Inmaculada Sánchez por las conversaciones y por compartir las mismas preocupaciones en mucho momentos del casi siempre, a Manuel Delicado por el ejemplo de su disciplina y por todo lo que me ayudó en aquel allí y en aquel entonces, a D. Francisco Torres por todos las conversaciones, ayuda y consejos que me brindó en tantos momentos compartidos y por la praxis que como ejemplo  constantemente ha hecho de sus principios, a Alberto Bello por sus consejos que atisbaban y vislumbraban la esencia etimológica de las cosas, a Miguel Ángel Garcia por tintar los dias y los viajes con ese marbete de ironia, a Antonio Soriano por su entrañable amistad y porque simplemente se convirtió en el demiurgo que vislumbró con nitidez mi destino, a Chema Grueso Arake que hizo posible la resurrecición y la nueva vida de este blog, a Luis J. Pérez Arias que, desde que nos conocimos, ha sabido estar ahí, ha compartido, junto a mí, momentos de todos, pero sobre todo me ha enseñando a moverme de manera más efectiva en el escenario de la vida. A mis padres y no necesito decir un porqué. Y, cómo no, finalmente a ti que te has tomado la molestia de visitar este sitio y de leer esto.